Leí hace ya mucho, supongo que en alguna revista sobre rock y pop, un reportaje a distintos miembros de los Rolling Stones. Era en ese tipo de revistas donde hace quince años conocía a todos los nombres que se publicaban, hace diez conocía sólo a la mitad.
Ahora conozco sólo alguno de vez en cuando y suele ser cuando entran al Rock'n'Roll Hall of Fame porque son incluso más viejos que yo.
Bueno volviendo al reportaje grupal, uno de los guitarristas, puede ser Keith Richards por ponerle una cara; hablaba con cierto asombro del baterista de la banda, Charlie Watts.
Contaba que el señor Watts cada vez que terminaban un recital de los Rolling Stones, una orgiástica explosión de música y lascivia en el mejor de los casos, dedicaba buenos minutos de su tiempo a arreglar con obsesión su batería. Reacomodaba los platillos, reafinaba los parches y los hacía durante bastante tiempo mientras sus compañeros partían raudos en busca de más picos de excitación o alguna joven y deseosa compañia.
El baterista sabía perfectamente que apenas él dejara el escenario, un ejército de "plomos" y sonidistas desmantelarían todo, incluyendo su prolijo ikebana de batería.
Pero no le importaba, el gesto valía más.
La finitud de las cosas no les resta importancia en lo más mínimo.