miércoles, 29 de julio de 2009

Gitanos o payos

La distinción entre música "culta" y popular aparenta ser una dicotomía bastante moderna. Dudo mucho que los burgueses vieneses de fines del siglo XIX consideraran a los valses de Johann Strauss de una categoría diferente a la de una sinfonía de Johannes Brahms por ejemplo.
Ya desde el Renacimiento existía una diferencia entre música sacra y música profana. Cuando se empezó a componer música intrumental, a principios del s. XVII, y no se la podía tocar en la iglesia se la llamó "musica de camara", ya que se hacía en lugares mucho más chicos que una iglesia.
Lo que sí había y suena bastante lógicos una diferenciación entre instrumentos "altos" y "bajos" según su volumen sonoro y por ende su disponibilidad para tocar al aire libre. Instrumentos como el recorder o el laúd eran "bajos" mientras que el cornetto o el sacabuche (trombón renacentista) eran "altos".
Pero la distinción entre música "culta" y "popular" sólo sirve para crear guettos y discriminar. Los músicos de uno y otro grupo tienen mucho que aprender uno del otro.
Un poco lo que le sucedió a lo largo de su historia al pueblo mal llamado gitano. Los rom o romaní tienen una música extraordinaria que ha influido en muchos autores de todos los géneros, desde Bela Bártok hasta ese superhéroe gitano que fuera Django Reinhardt.
Los gitanos tienen un término para denotar a los no gitanos, payo. Como los judíos tienen la palabra goy. Ambas pueden ser formas de discriminación por reacción. No conozco otros casos de gentilicio negativo.
Pero saltando por las barreras idiomáticas entre pueblos y músicas me permito traer a colación un poco de música. Es clásica pero también es popular. Está tocada por una excelente violinista clásica, pero la acompaña un grupo de música folclórica gitana. Es música paya y gitana a la vez.
Stephanie Marie Degand toca junto a Yeux Noir una danza húngara de nuevamente, Johannes Brahms. Y después siguen tocando.

Simplemente es buena música.

A mover las patitas .....

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El cuadro son carromatos gitanos en Arles pintados por Vincent Van Gogh.

Qué ves cuando me ves

Hace ya varios días leí una noticia que me heló la sangre. Un niño de once años, Carl Hoover-Walker, se suicidó en abril por no poder soportar la agresión y discriminación de sus compañeros de colegio que lo acosaban porque lo consideraban un marica.
“¿Qué puede llevar a un niño de 11 años a tal estado de desesperación como para quitarse la vida? Me lo pregunto todos los días y probablemente nunca conozca la respuesta. Lo que sí sabemos es que Carl fue acosado implacablemente en su escuela.” Con estas palabras, la madre de Carl Hoover-Walker, se dirigió al Congreso para pedir que se implementen las políticas anti acoso en todas las escuelas de Estados Unidos. “Le decían gay, marica, se burlaban de su manera de vestirse y de moverse. Y la escuela no hizo nada, ni los maestros sabían qué responder. Sólo tenía once años, aún no se identificaba como gay o heterosexual o cualquier otra orientación. Era un niño. Todos esos chicos en su escuela que lo llamaron de tantas maneras lo hicieron porque creyeron que eran las más hirientes y dañinas palabras que podían usar para insultarlo. Y así fue.”

Sus intolerantes compañeros, autores de un pequeño infierno, vieron al gay odiado antes que al niño. Su odio les impidió ver a un niño que muy probablemente no tenía definida todavía su orientación sexual. Lo que de cualquier manera no tenía la menor importancia ya que podría haber pasado lo mismo si Carl hubiera estado en un colegio de blancos o hubiera sido gitano en un colegio alemán o miles de casos parecidos. La pavura que me causa la noticia es que la víctima haya sido un niño a manos de niños.

Cuando vemos a alguien diferente, resalta inmediatamente dicha diferencia. Incluso por encima de lo obvio, como en este trágico caso. Y no resalta la similitud. Era mucho más importante para sus compañeros de clase el hecho que Carl pareciera amanerado que el hecho que fuera un niño como ellos.

Será que tendremos que entrenar a nuestro reptílico y territorial cerebro a buscar las similitudes o mejor dicho el máximo común denominador para frenar el odio ?
Será que lo que nos separa es mucho más fuerte que lo que nos une ?
Será que preferimos siempre ver una diferencia antes que una similitud ?
Será que las diferencias dan más sentido que las similitudes ?

Busquemos las similitudes, pero por sobre todas las cosas, celebremos las diferencias.

Es lo que nos diferenciaría de las bestias salvajes.

O tal vez no tanto...

sábado, 4 de julio de 2009

Belleza existencial

Eduardo Gatti es un cantautor chileno nacido en 1949. Pero por su ascendencia francesa, estaríamos tentados de llamarlo un trovador.
A los 21 años compuso una canción, llamada "Los momentos" inspirada en una película chilena de la época. Corría el año 1970 y Eduardo cajoneó por un tiempo dicha canción.
Finalmente y medio "de relleno" la incluyó en un disco de su grupo "Los Blops", que no tuvieron demasiado éxito en su primera encarnación.
Pero años después la canción se hizo muy conocida en Chile y fue un éxito para su autor.

Muchos años después, otro grupo chileno, amigos de Eduardo, "Los Jaivas" graban en París la misma canción y el autor en vez de cantarla, tararaea una estrofa durante el solo como una sombra amable.

Los seres humanos hacemos muchas cosas para resistir el paso del tiempo. Tal vez sea de eso lo que habla esta canción. Algunos intentos de resistir a los siglos han sido monumentales, como las pirámides; pero fútiles. Muchos lo intentan dejando descendencia pero después de algunas generaciones se pierde la memoria de cada individuo. "Y tuvimos miedo, temblamos y en esto, se nos fue la vida".

Personalmente creo que una solución más sencilla y perdurable, es una buena canción.

Como ésta.

"Ahí murieron ya los momentos", pero cuando Eduardo la canta, ese momento, es eterno.


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