lunes, 1 de junio de 2009

Películas

Anoche, en una interesante charla sobre mística, alguien, conocedor profundo del budismo; contó algo que me dejó pensando hasta la madrugada.
Según él, cuando se proyectaban las primeras películas en las salas de cine, a los espectadores se les hacía difícil diferenciar las imágenes proyectadas de la realidad.
Por ejemplo, si se proyectaba un tren acercándose, la gente gritaba asustada pensando que iban a ser arrollados indefectiblemente.
Aún hoy, cuando uno va al cine, se ve emocionalmente envuelto en la película, si es buena; y llora, se enoja, tiene miedo y experimenta sensaciones como si fueran parte de su propia vida.
Pero si bien uno está "en la película" emocionalmente, siempre sabe que es una ficción y que sale de esa realidad con un pequeña racionalización, "estoy en un cine, viendo una película y el loco de la motosierra no va a descuartizarme".
Alguna vez alguien me dijo que el éxito del cine es debido a que usualmente los espectadores ven una realidad "con los ojos de Dios". Ven lo necesario para armar una historia pero sin tomar parte activa manteniendo siempre, por lo menos a nivel narrativo, una perspectiva omnisciente.
Salvo claro, la moderna utilización de la cámara subjetiva, que usualmente denota suspenso o miedo.
Pero volviendo al tema de la irrealidad de las películas, es claro que uno a los efectos de involucrarse en la historia, la acepta momentáneamente como realidad.
Todo esto me llevó a pensar en dos direcciones distintas y contrapuestas.
Una, desencantada con el mundo contemporáneo, ve esa actitud de "estar pero salirse en cualquier momento" un patrón de conducta en todos los ámbitos cotidianos. Uno se involucra pero hasta ahí con todas las cosas, pero en forma egoísta se mantiene siempre una vía de escape hacia algo más allá por fobia o paranoia. Esta idea adolece de asemejarse al cliché que la contemporaneidad posmoderna impuso la superficialidad, el saltar rapidamente entre todas las cosas, el acelere y el desapego emocional mal entendido.
Pero llegamos a un término budista, el desapego, lo que me lleva a la segunda idea.
El budismo y el hinduísmo antes, hablan del "velo de la realidad" que hay que descorrer.
No será que toda la realidad es una película de un tren que nos arrolla ?
Nos involucramos afectivamente, lloramos bastante, reímos bastante menos por desgracia y para cuando llegan los títulos, nos morimos.
Entretanto, estuvimos enredados en un ficción que de tan parecida a la realidad, nos la creímos todo el tiempo. Idea también un poco posmoderna, nada de lo real es real.
Cuál de las dos ideas es correcta ?

A lo mejor, el pensar sea otra película irreal.

10 comentarios:

Alejandro «mizu» Rioja dijo...

Siguiendo el pensamiento budista te diría que la segunda opción es la correcta. Si no tengo en cuenta mi conocimiento de algunas teorías budistas (supongamos que pudiera desconocerlas) igualmente te diría que es la segunda y surge de un análisis sencillo: la realidad objetiva no existe, todos seguimos nuestra realidad subjetiva y con eso 'construimos' nuestro mundo, toda la base que sostiene nuestra psiquis. Y ese mundo que forma 'nuestra realidad' en la que vivimos comparte un porcentaje de una supuesta realidad objetiva pero que nunca es el 100%.
Y por ahí nos movemos a diario, creyendo que lo importante es lo que nos dicen los medios, siguiendo los fantasmas que nos quedaron de la infancia y algunos mandatos ancestrales, desesperados por trabajar, conseguir la casa, el auto, etc. pudiendo o no estar de acuerdo con las ideologías capitalistas o socialistas, pero aferrándonos a alguna teoría, filosofía o religión.
Los pocos que nos cuestionamos la cotidianeidad en la que nos vemos sumergidos y nos bajamos del tren, aunque sea por un instante, nos damos cuenta que nada es lo que parece, que nuestra mente tiene una natural tendencia a armar modelos de la realidad para no enloquecer y porque se apega al juego del pensamiento.
En lo personal yo sigo buscando y armándome metáforas que de algún modo me tranquilizan porque como dice el poeta "no hay pan que tape el agujero, el de la angustia existencial"
Saludos

Mensajero dijo...

Desapego, deprendimiento del yo.... estamos tan enamorados de nosotros, depositamos tanta fe en nuestra conciencia....la verdadera felicidad budista consiste en desenamorarse de uno, aceptar que YO no es gran cosa.
A la vez, desde una postura más Nietzcheana...¡qué otra cosa podríamos hacer con nuestra existencia que no sea vivir intensamente la propia tragedia!
Adhiero a la opción dos pero vivo en la opción uno con reservas: Eros y Thanatos, pulsión de vida y pulsión de muerte; la primera mitad de la vida se trataría desde esta perspectiva de contruir un ego fuerte del que desprenderse en la segunda.
¿Oyó hablar del sentimiento oceánico?
Freud se refería a aquello que nos sobrecoge y se impone a nuestra razón, como el canto gregoriano o los rituales en general, eso que nos pega en el hipotálamo haciéndole pito catalán al neocórtex, aquello que nos recuerda irremediablemente nuestro orígen común. No en vano es la herramienta principal de religiones y publicitarios.
Dijo un exitoso creativo: "si no tienes nada qué decir, cántalo."

Andrés Orellano dijo...

Yo puedo abstraerme de la influencia de la concepción budista porque si la conozco no es ni siquiera superficialmente. Aún así, me resulta claro que la idea de que nuestra percepción de la realidad no es la realidad misma, sino una aproximación bastante inexacta.

Estrella dijo...

Para comentar lo mismo que Mensajero, no digo nada.
Agrego, sí, que me interesó mucho el post, y que, en realidad, como dice Flannery O´Connor, la novela es un modo de adquirir experiencia. Pues el cine también. Se es otro después de que una historia, por más ficcional que haya sido, nos lleva hacia otra forma de pensar. "Algunas reflecciones solo son posibles a través de la ficción": estoy convencida de esto.
Saludos!

Estrella dijo...

Perdón por el "reflecciones", va "reflexiones" (se me pegó la doble c de "ficcional", me parece).

Caipira dijo...

Yo no creo que el desapego necesariamente signifique que tengamos que desentendernos de la realidad mundana, y alegremente lavarnos las manos porque nos queremos "desapegar", o somos "espirituales". Estamos en el mundo, aunque no seamos de él, y tenemos responsabilidades.
Lo del ojo de Dios lo relacionaría con el tema de quién puede ver la totalidad vs nuestro punto de vista personal limitado, además del interactuar sin identificarnos que propone goolian.

anita dijo...

A raíz de cómo muestran los efectos especiales que tienen las películas, no puedo mirarlas sin dejar de pensar en ellos. Esto es: no logro, como antes de "saber", dejarme envolver y creer lo que me están contando. Eso me da mucha rabia porque siento que me despojaron de la magia...

Respecto de lo que pasa en la vida, hay veces en que siento que el tren me atropellará sin dudas y me angustio mucho. ¡Todo parece tan real!
Otras veces, creo que me tengo que sentar al costado de las vías para ver si el tren que pasa es de verdad.
Dudo. Y la duda me lleva a sumergirme en lo que yo llamo la pérdida de la inocencia.
No es fobia. No es paranoia. Es desencanto.
Es la mentira del Truman Show... y yo no quiero ser parte de ella.

goolian dijo...

Cómo nos fascina el budismo a nosotros occidentales, no ?
Mizu, viva la fenomenología ! vea la frase de Porchia más adelante sobre las preguntas.
Mensajero, sí sentimiento oceánico o experiencia fuera de uno mismo o fuera del tiempo. Me hizo reír, estoy estudiando Gregoriano en el COnservatorio y lo estoy cantando mucho! Muy lindo pero de nirvana todavía nada.
Andres, otro fenomenológico. Esto ya parece MAtrix.
Estrella, la literatura y el cine nos permiten vivir otras vidas vicariamente y a veces adquirir algo parecido a la experiencia sin costo.
Caipira, no propongo la contemplación pasiva, sino la interacción con el mundo sabiendo que es un telón de colores y que en el fondo, nada o casi nada importa.
Anita, hay que partir ya mismo en busca de la magia.

Caipira dijo...

Eso es lo que interpreté, y a eso me refería en 19:28....

anita dijo...

Yo la tenía... no sé dónde me la olvidé...